domingo, 19 de octubre de 2008

Exultante (Resurrección)

Como bulle el motor del universo todos los días, como cantan los pájaros cuando el sol acaricia sus alas, como el viento juega con nuestra piel y cabellos mientras caminamos, como sonríe la vida cuando amanecemos con el corazon abierto y dispuesto a entregar...
Ignoraba todo esto antes de encontrarse consigo mismo.
Fue entonces cuando el viejito abrió sus ojos cansados de ver tanta ignominia, y descubrió con sorpresa que había una pared frente a sus ojos, de cemento gris. Intentó moverse, y de pronto descubrió gusanos comiéndole la carne, y sólo cuando Dios puso una llama en medio de su mente anacrónica logró comprender que estaba muerto.
Pero sólo un poco muerto. Una parte de su alma no le había dejado, y exigía imperiosamente salir a volver al mundo.
Jamás supo cómo, pero sacudió en un espacio diminuto sus brazos y los gusanos murieron haciéndose una masa compacta con el humus que lo rodeaba. Deslizó una de sus uñas negras y frágiles en la pared, que se tornó más delgada que un papel y de pronto, el sol golpeó con alegría y estupor sus sienes plateadas.
El viejito miró con alegría la enorme grieta que había quedado en su tumba, se sacudió la tierra del traje blanco con que le había enterrado su mujer y sus hijos y caminó alegre hacia su casa.
Su mente nublada sólo tenía por objetivo llegar a su lugar cuando estaba vivo, y trataba de reconstruir forzosamente el rostro de su esposa...
Mas cuando llegó, comprobó que en su casa no sólo almorzaban en el patio su mujer y sus hijos. Había otro, ocupando su puesto en la mesa, besando a su mujer y jugando con sus hijos.
El viejo, humilladísimo, corrió hacia el protón, y comenzó a insultar al hombre, y a llorar por su esposa. Su indignación fue aún mayor cuando se dio cuenta que ya todas las lágrimas las había llorado en vida. Ni siquiera el trozo de su alma que logró levantarlo de su tumba tenía reservas de trsiteza.
Gritó y pateó la reja, pero en ningún momento lo miraron.
En ese momento, un perro pasó tras él. Su hijo menor lo señaló riendo: "Mira, qué lindo perro"
El viejo sintió que el alma le abandonaba nuevamente. Ahora sabía con certeza que no le podían ver, que era sólo un triste fantasma.
Convencido de que sólo se había librado de la tumba por breves momentos para comprobar el bienestar de su esposa e hijos, caminó lentamente hacia el cementerio.
Entonces, vio a una joven llorando en el borde de la calle.
El viejo no tenía reservas para nada, apenas sabía si podía hablarle a alguien. Sus hijos no le habían visto, pero en lo poco y nada que le quedaba de alma, se conmovió por la tristeza que tañía de oscuridad las facciones de la joven, de piel tan lozana y mirada tan transparente que no pudo evitar sentarse con ella.
¡Entonces, ella lo miró!
Y se abrazó a él llorando.
-¿Tú también estás muerta?-Susurró el viejo.
La joven lo miró atentamente con sus ojos brillantes.
-No, pero estoy tan triste, que puedo ver almas en pena.
El viejo asintió.
-¿Qué tienes?
-Se fue, se fue...-Y siguió llorando.
El viejo pudo sentir en su espíritu la pena de amor juvenil, y la volvió a abrazar. Entonces la joven lo miró.
-¿Sus amados también se fueron?
El viejo asintió.
Por un momento, el viejito medio muerto y la joven triste miraron el cielo y una luz les cegó.
Sintieron en sus corazones la energía universal, una ráfaga vivificante y una alegría extraña y exsultante. Sus almas comenzaron a vibrar en una misma sintonía, y se cogieron de la mano.
La mano arrugada, de dedos largos del viejo y la mano pequeña y suave de la joven.
Abrieron los ojos y se miraron por un instante.
Algo había muerto y resucitado dentro de ambos.
La joven se levantó del suelo con una sonrisa, y el viejo también.
-Simplemente, ha escogido otro camino. Yo seguiré por el mío.- Dijo ella, sin perder la sonrisa.-¿Y usted, va a volver a su casa?
El viejito negó.
-Simplemente, mi familia también siguió su camino. El mío ya terminó, y ahora podré descansar.
La joven agachó la cabeza.
-Esto nos pasa por dejar de caminar, mientras el resto sigue.
El viejito se encogió de hombros y le sonrió.
Se dijeron adiós con la mano.
La joven se fue a su casa, a escribir para liberarse de tanta emoción.
El viejo volvió a su tumba, a ver como se iba la última parte de su alma al cielo.

No hay comentarios: