sábado, 4 de abril de 2009

Window.


Un par de ojos castaños, limpios y algo resignados, se asoman por dos pequeñas ventanas, y se extasian frente al bullir de la naturaleza en un perfecto día de sol.

Detrás de unas ramas aparece un hombre moreno, con el rostro curtido y las ropas sucias.

Las pupilas, en el centro del mar de castañas, se dilatan por un instante muy breve.

El desconocido sonríe y se acerca a la ventana.



-Hola

-Hola


(Silencio. Miradas incómodas)


-¿Qué haces en mi patio, quién eres, a quién buscas, a qué...?

-Shht.-Le pone el índice sobre los labios. Ella aspira lentamente el olor de esa piel, como si fuera igual a los caros perfumes que le traía un hombre al que El Destino y sus cadenas irresistibles habían atado a ella bajo el título de "Marido". Se marea frente al olor a campo, a tierra, y abre los ojos llenos de lágrimas.

-Vete, vete a trabajar tus tierras.

-Tu marido te tiene abovedada allí adentro-Replica el desconocido, nervioso-Es por eso que sólo tienes esa miserable ventana, justo a la altura de tus ojos, para que puedas mirar hacia afuera y nadie pueda mirarte a ti.

-Yo amo esta ventana. No quiero ver más allá de lo que ella me permite. Quiero seguir abovedada.

-Pero...

-Pero ándate. Esto no es una teleserie, no hay finales felices.


El desconocido se aleja.

Ella sigue tejiendo.




Ahora, se asoma muy disimuladamente por el miserable ventanuco que su Marido ha dispuesto en su habitación.

"Si dejo ver mi rostro completamente, vendrán más desconocidos a preguntarme el porqué me escondo tras esta ventana..."

Se destaca en Rojo toda aquella expresión relevante para la autora





Ahí, justo donde se forma esa perfecta figura proveniente del halo de sol de la pequeña ventana de nuestro nido, dejaste caer un beso en mis labios cansados de soltar palabras que simplemente rebotan y vuelven a mi...

Ahí, justo donde cae la luz del sol, te pegué una cachetada, te dejé mis dedos marcados en la mejilla

Ahí, en ese espacio de luz que el sol nos regala por la ventana, te miré a los ojos y por primera vez salieron de mi dos palabras a las que siempre temí... te amo...

Ahí, justo en esa esquina oscura junto a la luz de ese sol infernal de febrero, me escondí, y me encogí, y cerré mis ojos de los tuyos, tapé mis párpados con tus pestañas, y entonces ya no me pudiste mirar más.... y yo ya no pude seguir construyéndote

Ahí, en ese romoboide de luz sobre la madera de nuestra pieza, te calcinaste como un pequeño mineral. Sólo tus ojos , dos esmeraldas pálidas, permanecieron vivos.

Brillaste unos cinco segundos, tiempo que utilicé para convencerme de que no existías, que nunca fuiste, que te inventó ese pequeño niño insolente y rebelde que vive en un rincón de mi cabeza.

Entonces , el sol se mudó, la paciencia todo lo alcanzó...

Y entonces ya no fuiste, te hiciste humedad y la madera de las paredes te absorbieron.

Abrí la ventana, Dios me acarició las mejillas con la brisa de los árboles cuyas ramas hizo mover desde las nubes...

Y entendí.

Y ahora, sólo de vez en cuando, muy de tarde en tarde, me siento ahí, justo ahí, donde cae el sol formando un polígono entre el suelo y la pared...entre el cielo y la tierra, tal vez...

Vivo de lo que veo y de lo que los sentidos me entregan como verdad irrefutable, vivo del sol acariciando mi piel, pero también vivo de lo que hace bailar mi alma...

No-vivo de hombres que se marchitan como flores viejas, ni se calcinan con el sol, ni dejan caer besos inesperados y halagos fáciles. Al final, el no-vivir se origina de las ilusiones compulsivas ...

Y yo ahora, elegí vivir, y no no-vivir.