Llegas, con tu aire taciturno y meditabundo, como si el mundo te fuese una duda permanente.
Llegas, la mirada vaga en el horizonte.
Llegas, el cuerpo armonioso y estirado moviéndose mecánicamente.
Llegas, tu misterio y tu aire de experiencia me envuelven como un poderoso perfume.
Entonces dejas alguna de tus reflexiones eternas y me miras, tus ojos como dos aceitunas brillando en tu cara morena.
Y entonces trato de desviar mi atención a otro lugar donde no llegue tu energía poderosa y radiante.
Y no puedo, y vuelvo, y caigo y te miro.
Y así estamos mucho rato, intervalo de tiempo eterno sólo para ti y para mi.
Hasta que algún impertinente que no vive con los sentidos abiertos al exterior nos interrumpe.
Dependiendo si te interrumpieron a ti o a mi, el otro finge no prestar atención a nada más que no sea los libros y cuadernos sobre la mesa.
Me levanto y me voy, presa de una extraña emoción. Tus ojos me siguen hasta que desaparezco.
Ayer te vi de nuevo.
Ayer.
Ya fue.
No importa.
Ayer te vi , nos sostuvimos la mirada como de costumbre por unos valiosísimos segundos y con eso me basta.
viernes, 7 de noviembre de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario